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Hablemos de maternidad

La conciliación real de la vida laboral y familiar aún es una utopía para muchas mujeres.

tagonista de la constitución del Congreso celebrada este miércoles no ha sido Pablo Iglesias, que por fin estrena su escaño, ni Patxi López, elegido presidente de la Cámara, ni, por supuesto Rajoy o Pedro Sánchez. La persona que se ha llevado todos los titulares y ha sido trending topic es Diego, un bebé de apenas seis meses, hijo de la diputada de Podemos Carolina Bescansa, que ha recogido su acta con el niño en brazos como símbolo de la realidad a la que han de enfrentarse muchas madres trabajadoras en España.


Puede que el gesto haya resultado forzado teniendo en cuenta que la cámara baja cuenta desde hace diez años con una guardería, gracias a la iniciativa que auspició la socialista Carme Chacón cuando era vicepresidenta. Puede también que haga un escaso favor a la mujer, tal y como han señalado algunas asociaciones feministas, que consideran que la acción de Bescansa perpetúa la idea de que somos las mujeres las que nos tenemos que ocupar de los hijos en exclusiva. Acepto todos los argumentos pero, a la vez no puedo evitar pensar que, tristemente, siguen haciendo falta gestos como este que, al menos, consigan que hablemos del verdadero problema al que se enfrenta la mujer en el mundo laboral.


Las mujeres son, somos las que parimos. Las que alimentamos -en muchos casos- a nuestro cachorro con nuestra propia leche y las que legítimamente deberíamos tener derecho a disfrutar del milagro de la maternidad y desarrollar y disfrutar de la intensa relación que se establece con ese ser humano pequeño y absolutamente dependiente de nosotras que hemos traído al mundo.

Y es que sí. Nos guste o no, las mujeres son, somos las que parimos. Las que alimentamos -en muchos casos- a nuestro cachorro con nuestra propia leche y las que legítimamente deberíamos tener derecho a disfrutar del milagro de la maternidad y desarrollar y disfrutar de la intensa relación que se establece con ese ser humano pequeño y absolutamente dependiente de nosotras que hemos traído al mundo. Y antes de que me echen los leones encima, no digo que el hombre no pueda vivirlo de la misma manera, pero lo que seguro que no hace es estar embarazado durante nueve meses, parir a ese niño ni darle el pecho.

Y es esa condición biológica, absolutamente inamovible, la que aún lastra las estadísticas de la mujer en materia laboral.


Porque sí. La conciliación real de la vida laboral y familiar aún es una utopía para muchas mujeres. A muchos empresarios les cuesta contratar a mujeres en edad de ser madres por el miedo a las complicaciones que esto les pueda suponer; aún existen mujeres cuya carrera laboral se ve truncada porque una vez son madres quieren dedicar parte de su tiempo a cuidar de sus hijos y no en exclusiva al trabajo y esto se entiende como una traición a la compañía; y aún hay mujeres que renuncian a llegar a puestos de dirección porque temen que eso eche al traste su vida familiar.


Y esto es así, no porque los empresarios sean machistas intransigentes por naturaleza sino porque vivimos en un sistema laboral macho-céntrico que aún no acaba de entender que la integración laboral de la mujer requiere un cambio de mentalidad, que, a la vez, casa mejor con una nueva generación de hombres que también quieren vivir su paternidad de otra manera. Unos horarios laborales más racionales o más ayudas e incentivos a las PYMES para que contratar a mujeres en “edad fértil” no suponga jugar a una ruleta rusa económica son dos medidas concretas que ayudarían más a la integración laboral femenina que cualquier imposición paritaria que sólo maquilla el problema.


En este sentido, me parece que gestos como el de Carolina Bescansa, aunque peque de postureo, al menos tienen algo de positivo. Mucho más peligrosos me parecen otros que pretenden ser heroicos y sólo sirven para echarnos piedras contra nuestro propio tejado, como el de Carme Chacón en su día, Susana Díaz ahora mismo o Soraya Saénz de Santa María al principio de la pasada legislatura, que se negaron a cogerse su correspondiente baja por maternidad y se reincorporaron a sus puestos apenas diez días después de parir. Por supuesto, entiendo sus razones, pero el mensaje que subyace en su acción es el mismo que lleva a una empresa a castigar a una mujer que corta con las horas extras -impagadas en general-, apura al máximo su baja por maternidad o directamente opta por una reducción de jornada: eres una débil que no das suficiente importancia al trabajo.


Yo misma me he encontrado a mi misma cuando he leído la noticia, preguntándome cómo se las habría arreglado Bescansa para seguir la intensa carrera electoral que ha desarrollado su partido en el último año y medio si le ha pillado en pleno embarazo y parto y posterior maternidad. Me he encontrado incluso imaginándome una hipotética conversación entre ella e Iglesias y Errejón, con estos echándole en cara que se quedara embarazada “justo ahora”. Y ahí es cuando me he dado cuenta de que algo falla aún en nuestra sociedad cuando el sistema sigue poniéndonoslo difícil para algo tan natural y absolutamente necesario como ser madre y que eso no sea óbice para triunfar laboralmente. Y es que ser padres, y aquí ya hablo en plural, debería ser mucho más que parir y ver a tus hijos en pijama antes de cenar. La maternidad no termina una vez que has expulsado al niño y querer vivir la experiencia en toda su dimensión no debería considerarse un signo de debilidad punible desde el punto de vista laboral.

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