top of page

Y crees que será para siempre...

Y que nunca te abandonará. Como si formara parte de ti y no fuera lo que realmente es.

Un viento que sopla fuerte durante un tiempo, tan fuerte y tan intenso, que crees que sale de tus pulmones. Y no. Era un viento que pasaba por ahí. Que ya no volverá, que se va marchando lentamente, perdiendo fuerza poco a poco. Tan poco a poco que no te das ni cuenta. Hasta que llega el día en que la cubana que te hace las uñas, que con la mascarilla nunca te había visto la cara, te recomienda, mientras te pone la cera en el labio superior -bigote-, un tratamiento "triple" de ácido hialurónico, botox y "otras vitaminas que te iría muy bien".


WHAT! Pero si yo aún soy joven para esas cosas, piensas para tus adentros. Y vuelves a pensarlo y te das cuenta de que 37 no es precisamente el número de la juventud. Que tienes casi 20 años más que los JÓVENES de verdad. Y que por mucho que hayas escuchado el último disco de Bad Bunny, serás muchas cosas, buenas, malas y reguleras. Pero que joven, precisamente, ya no es una de ellas.


Te vuelves a mirar al espejo y ves esas arrugas que rodean tus ojos, los surcos nasogenianos -O M G-, las ojeras perennes y cierto endurecimiento del rictus

Y entonces miras a tu alrededor. A tu hija de 9 meses, a tu niño de casi 3 años, a las estrías de tu abdomen... Te miras en el espejo y ves esas arrugas que rodean tus ojos, los surcos nasogenianos -O M G-, las ojeras perennes y cierto endurecimiento del rictus. Te fijas en tus amigos, en sus canas, sus tripitas incipientes y en las tristezas que tintan sus risas. Vuelves a mirar tu imagen en la cámara trasera de tu móvil y te das cuenta de que llevas meses con el modo belleza activado. Y lo peor es que ya no eres capaz de sacarte un selfie sin filtro y que tu consuelo es que aún te manejas bien con el nivel 1 de autoengaño.


Y a pesar de todo, no retrocedería ni un segundo atrás. No cambio la sabiduría de mis 37 ni por 3 kilos de colágeno. Supongo que he tomado el rumbo de esas viejas sabias de tetas colganderas que retozan en la playa exhibiendo sin pudor sus arrugas, pellejos y antiestética desnudez. Nunca he sido una belleza, pero cuanto más me alejo de ese ideal, por pura fuerza gravitacional, más libre me siento de su atracción tirana. No sé si con 25 años era más atractiva de lo que soy hoy con mis 37. Pero, sinceramente, no me importa una mierda. La juventud está sobrevalorada.

Comments


bottom of page