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El que toca la orquestra

Crítica de la película "Steve Jobs" (Daniel Boyle, 2015)


Nunca he sido una gran fan de Steve Jobs. De hecho, durante una buena temporada, justo en el momento del bombazo del Iphone y cuando a medio mundo se le hacía el culo pepsi cola con los discursos del gran gurú de la tecnología, le cogí un poco de manía. Mi primer contacto con el mundo Apple fue un precioso Ipod rosa que vino a sustituir a una larga serie de Mp3 tan cutres como útiles con los que vivía feliz. Durante una temporada que pasé en Estados Unidos caí en la trampa de la manzanita, cegada por sus chulísimos anuncios.


La experiencia fue un desastre. Acostumbrada a tratar a los aparatos como meros mercenarios a los que utilizar a mi antojo, el arrogante Ipod Nano que se negaba a entrar en el juego del corta-pega o a funcionar correctamente con ningún otro sistema que no fuera el Itunes me pareció una auténtica mierda. Una mierda chulísima color magenta, pero una mierda. Tanto es así que llegué a escribir un incendiario artículo con el que me gané más enemigos que con cualquiera sobre el nacionalismo vasco.


Fassbender es uno de esos actores que consigue desaparecer en cada papel para ceder todo el espacio a su personaje. Hay gente que simplemente hace de. Fassbender consigue ser.

En mi inocente desconocimiento sobre lo que Steve Jobs pretendía hacer y que ha acabado siendo uno de sus logros, desterrar la máxima de que “el cliente siempre tiene la razón”, en aquel artículo me quejaba precisamente de eso, de que un tío pretendiera decirme qué tenía que gustarme y de que fuera yo, la cliente, quien tuviera que aceptar con gusto que él me complicara la vida. Hoy en día, no diré que sea más lista y culta, pero sí sé más sobre Jobs, entre otras cosas porque en el MBA que estoy haciendo no dejan de repetirme que si hay una empresa que define el mundo que viene, mejor dicho, que ya está aquí, y que es, probablemente, la principal artífice de que hoy seamos como somos y mañana seamos como seremos esa es Apple y, Apple no es otra cosa que Jobs.


Y precisamente por eso ayer fui a ver el último biopic sobre el fundador de Apple, protagonizado por el gran Michael Fassbender y Kate Winslet, y dirigido por Danny Boyle. A pesar de que este post esta siendo escrito desde un MacBook Pro con el que me reconcilié con Apple y empecé a entender parte la fascinación por la marca que existe a nivel mundial -ha sido el único portátil que ha conseguido seguir mi ritmo de descuidada dueña más de tres años-, me resisto a entrar en la relación pseudo religiosa que millones de personas entablan con la compañía. Y aún así, reconozco que después de ver la película he empezado a mirar a Jobs con otros ojos.

Hablar de la lección de interpretación de Michael Fassbender es casi un axioma. Fassbender es uno de esos actores que consigue desaparecer en cada papel para ceder todo el espacio a su personaje. Hay gente que simplemente hace de. Fassbender consigue ser. Y el Jobs que interpreta transmite ese atractivo oscuro de los líderes, que atraen a todo lo que se mueve a su alrededor con la fuerza de un agujero negro, con todo lo malo y bueno que ello puede conllevar. El Steve Jobs de la película es una de esas personas que sueñas que te miren, a las que pagarías sólo por el placer extraño que te proporciona atraer su atención aunque a la vez te cagas encima cuando posan sus ojos en ti por sentir que no estás a la altura. Y lo peor de todo es que no estás muy desencaminado porque esa personas sí sienten que no tienen tiempo para prestar atención a la mayor parte de la gente que les rodea, precisamente porque no la consideran a su altura.


Y este es uno de los temas más recurrentes del film, que huye del tradicional esquema de biopic y opta por una estructura teatral, desarrollándose en tres actos, que representan cada una de las tres presentaciones de producto más importantes de la vida de Jobs: la del Macintosh 128K (1984); la de Next (1987) ; y la del iMac (1998). Y en cada uno de los actos, una serie de personajes salda cuentas con Steve Jobs, el agujero negro condescendiente alrededor del que orbitan irremediablemente atraídos por la apabullante energía que concentra y a la vez, muertos de miedo, rabia y despecho porque saben que esa energía puede destruirles en cualquier momento como a polillas que se acercan demasiado a la luz, sin que a él le importe más de la cuenta.


Por ejemplo, la película nos habla de Lisa, la única hija de Jobs y que, según el film, él se niega a reconocer durante largo tiempo hasta que empieza a detectar en ella una inteligencia y determinación potencialmente interesantes. Vemos crecer a Lisa en cada uno de los actos y gracias a la tormentosa relación que mantiene con su padre profundizamos en el tortuoso interior de un hombre capaz de rechazar a una hija que sabe suya, para luego aceptarla cuando descubre que es una persona a la que merece la pena prestar atención de vez en cuando, pero siempre manteniendo esa distancia de seguridad que le evita comprometerse más de lo necesario. Lisa orbita alrededor de su padre atraída y repelida por su fuerza, unas veces más cerca que otras pero nunca tocándolo.


Otro de los personajes que aparece en la película es Steve Wozniak, la mano derecha de los inicios de Jobs, el colega genio de la informática con el que inició la empresa en el ya mítico garaje. Wozniak también es otra de esas figuras a las que, literalmente, repatea la condescendencia de Jobs para con los humanos ordinarios, y, sin embargo, no puede evitar girar en torno suyo. Y en uno de los mejores diálogos de la película -que, como buena obra de teatro, avanza y de desarrolla a base de diálogos- Woz plantea la gran pregunta que es, sin duda, la clave de la grandeza de Jobs: “¿Y tú qué haces?”.


Porque sí, el genio de la informática no era Jobs, quien, tal y como Wozniak nos recuerda en el film, ni leía código ni tenía grandes conocimientos de programación. ¿Por qué entonces él es la figura adorada, el impulsor de la mejor empresa de la historia y el responsable de haber cambiado los hábitos de consumo y ocio de la humanidad? “Yo soy el que toca la orquesta”, le responde Jobs. Y ahí es cuando todo encaja y entiendes que los genios de verdad, con mayúscula no son los virtuosos en determinadas materias, ni las mentes privilegiadas capaces de entender las ideas y conceptos más complicados. Los genios que cambian el mundo son aquellos que son capaces de ver las fibras que componen la realidad, entenderlas y modificarlas, y con ello, dar la vuelta al mundo. Y entonces comprendes por qué apenas tienen tiempo para mirar al resto de la humanidad, pequeñas motas de polvo que no son nada frente a la belleza del todo y, aunque te duela y hasta los odies por ello, seguirás girando en torno a ellos, en torno a su trascedencia.

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